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La Izquierda Diario
10 de junio de 2018 Twitter Faceboock

REVISTA IDEAS DE IZQUIERDA
#200MARX?
Gastón Gutiérrez

La crisis capitalista iniciada en 2008 renovó el interés público sobre Marx (y sobre su gran obra El Capital), se trata entonces de criticar los modos en los que él sale a escena y confrontar las distintas formas de leerlo para evitar que sea un fugaz instante en el mundo del Big Data.

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Los 200 años del nacimiento de Marx tienen lugar en un contexto de cierto auge e interés por su vida y sus ideas. El hashtag #200Marx bien podría competir para entrar en los trending topics del 2018 en las redes sociales de diversos puntos del planeta.

Cuando en 1993, en pleno auge neoliberal, Jacques Derrida decía que un fantasma recorre el mundo, el fantasma de Karl Marx, no podía imaginar que estaba dando punto de arranque a un nuevo retorno. Más liberado, tanto del viejo traje socialdemócrata como del uniforme estalinista (aunque ambas herencias pesan en el bloqueo del horizonte socialista), Marx está disponible, especialmente desde la crisis de Lehman Brothers. Su presencia espectral aparece en multitud de dispositivos, mass medias, canales televisivos, revistas online, revistas tradicionales, diarios y portales. Nadie se priva de mostrar esa barba añejada, retocada con nuevos diseños. No dejan de sucederse publicaciones, eventos, discusiones y coloquios de las más diversas índoles y calidades: desde el congreso Marx is muss (que en alemán significa tanto “Marx es necesario” como “marxismo”), organizado por la juventud de la formación reformista Die Linke (La Izquierda), hasta el Marx Nace en Argentina, a la que asistieron miles de personas, aunque detrás del evento el dispositivo cultural macrista (o mejor dicho un artefacto macrista, tachémosle cultural) le daba forma a una apropiación mercantilizada de Marx [1].

Sin embargo, este interés se presenta yuxtapuesto con el más vasto escenario del fin de siglo XX en el cual Marx antes de nacer, había muerto. Crisis del marxismo, muerte del marxismo, desaparición del marxismo, tópicos de una zaga mortuoria que siempre acompañó la historia del lugar de Marx en el mapa de las ideas dominantes. Éstas son, como sabemos gracias a él, las ideas de las clases dominantes. Pero nunca pudieron imponerse como una tendencia unívoca. Cuando en 1898 Thomas Masaryk inventó la primera “crisis del marxismo” no imaginó que estaba inaugurando un debate secular sin conclusión, que acompañaría como la sombra al cuerpo la historia de Marx en el pensamiento moderno. Inversamente, tampoco Antonio Gramsci, cuando celebró en 1917 la Revolución rusa como la expresión del pensamiento vivo de Marx (contra las lecturas talmúdicas que propiciaban un desarrollo evolutivo del capitalismo), esperaba que el sistema capitalista mundial se prolongara por otros cien años (y eso que fue uno de los marxistas más atentos a las transformaciones que actuaban de contratendencias a las crisis del capitalismo de entreguerras).

Retornos, vueltas, renovaciones, incluso revoluciones tuvieron lugar bajo el nombre de Marx, siempre acusado de estar en crisis y siempre pensando la crisis del capital. Con cada una de ellas Marx regresó. La crisis capitalista iniciada en 2008 renovó el interés público sobre Marx (y sobre su gran obra El Capital), se trata entonces de criticar los modos en los que él sale a escena y confrontar las distintas formas de leerlo para evitar que sea un fugaz instante en el mundo del Big Data.

Muchos Marx

Un ejemplo de esta confrontación lo encontramos en la divergente orientación de dos importantes biografías recientes. Karl Marx, grandeza e ilusión de Gareth Stedman Jones publicada por Hallmark (una importantísima editorial británica que vende decenas de miles de ejemplares de casi cualquier libro que publica –y en castellano por Taurus este año–) y A world to win: the life and works of Karl Marx de Sven Eric Liedman, publicada hace poco más de un mes por Verso (la editorial británica que nació vinculada a la revista New Left Review –que todavía es, por cierto, la más importante publicación de izquierda en el mundo, resistiendo en su “anticuado” formato papel–).

La diversidad de enfoques es notoria. Stedman Jones realizó una biografía de 900 páginas con el objetivo de contextualizar a Marx, pero bajo la premisa explícita de encerrarlo en el siglo XIX. Una biografía más propia de la Escuela de Cambridge de historia intelectual que, (¿paradójicamente?) viene a combatir como un equívoco el hecho de que miles de personas en todo el mundo piensan que Marx tiene cosas para decir sobre el capitalismo actual. Salpicada por una fuerte óptica socialdemócrata, la obra se mantiene todavía a años luz de la publicada en el centenario de Marx (en 1918) por Franz Mehring, representante justamente de lo mejor que el ala izquierda de la socialdemocracia europea nos legó [2].

Al contrario, la más sutil A world to win, ofrecida por un académico sueco, sí tiene aportes que ofrecer (paréntesis para lectores del gordo Soriano: ¿por qué será que siempre los académicos suecos están empeñados en ofrecer puntos de vista interesantes?). Y lo hace porque toma como punto de partida la necesidad de desmarcarse de la operación de circunscribir a Marx en el siglo XIX. No se trata de obviar los contextos temporales y su fuerte influencia, sino de que siempre se leen esos contextos desde el presente. Y la crítica al capital, que Marx contribuyó como nadie a forjar, acompañado del que fue el mayor ghostwriter de la historia, Federico Engels [3], no pudo haberse quedado en el 900. Su objeto, y también su archienemigo, el capital, no solo no se quedó ahí, sino todavía nos domina.

Otra de las virtudes de A world to win es que dedica capítulos a reponer el estado de debates acerca de algunos libros y grupos de textos importantes de Marx. Como ser los debates sobre los Manuscritos de París (publicados en 1932), sobre los Grundrisse, sobre las interpretaciones de El Capital, entre otros. Una indagación hecha sobre la edición histórico-crítica de las MEGA II, todavía en curso, que permiten conocer nuevos materiales. También los hace relevando ampliamente el cuerpo de obras que se vienen publicando sobre distintos aspectos de la obra de Marx, particularmente sobre las nuevas lecturas de El capital. No se trata de aceptar el punto de vista que Sven Eric Liedman adopta en cada tema, sino de remarcar que el escrutinio crítico del estado de debates sobre los distintos campos en los que la teoría marxista influye está a la orden del día.

Porque tampoco vasta con nombrar a Marx, repetir la letra y pasar a la minuta del día, a la agenda cotidiana, a la lucha concreta. La repetición se acerca mucho a la “museificación”, y los “marxismos” socialdemócratas y estalinistas del siglo XX nos ofrecieron museos para contenerlo allí, como una tradición muerta. La “museificación” es perfectamente compatible con dejar que Marx sea una postal más en el mundo del espectáculo o abandonar el escrutinio crítico de su obra a la academia.

Aceitada por el mercado universitario, la exégesis marxiana puede volverse un fin en sí mismo. Una propuesta de retornar a la letra de Marx (sin pasar por los marxismos del siglo XX). Incluso, a veces, este academicismo gris y displicente se da la mano con el dogmatismo. Ambos quiebran, a su modo, la relación entre la teoría y la práctica. Contestar la pregunta de cómo leer los 200 años de Marx, supone responder sobre cómo leer a Marx hoy, sabiendo que todos leemos desde algún lado. No hay una lectura aséptica de Marx. No puede haberla, todos tenemos nuestras anteojeras. En el escenario de una ampliación del corpus (de y sobre Marx) y donde la indagación abarca múltiples temas, es necesario elegir, qué Marx, qué lectura de Marx, qué compañías tener. En un contexto, en el que el riesgo de despolitizarlo, “museizarlo”, academizarlo o ritualizarlo está a la vuelta de la esquina. La exégesis y la hermenéutica van de la mano, pero siempre son los lados de un triángulo en el que el ethos práctico ocupa el lugar determinante.

Mil y un marxismos (y sus querellas)

Inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, Inmanuel Wallerstein proclamó que la caída del estalinismo abría paso a la expansión de “mil y un marxismos” por el descrédito de la interpretación oficial. André Tosel le otorgó más carnadura a esta fórmula descriptiva. Según el filósofo la causa inmediata de la paradojal emergencia de mil marxismos no tiene nada de misterioso: Se debe tanto a la dinámica del capitalismo mundial y la aparición de sus nuevas contradicciones, por un lado, y al estatuto singular del pensamiento de Marx, por otro [4]. Para Tosel la caída del estalinismo es el acontecimiento central ya que:

Marx había sido simplificado en función de las necesidades propias de las líneas políticas oficiales, de las exigencias de la táctica, frecuentemente manipulado en el interior de una ortodoxia que era aquella del marxismo-leninismo. Las contribuciones de otros autores –comenzando por las del gran hereje Trotsky, para no hablar de los teóricos consejistas como Rosa Luxemburg, Max Adler, Pannekoek, Korsch– han sido vilipendiados sin ser leídos, simplemente ignorados en razón de la insondable incultura teórica de las direcciones obreras… [5].

Emmanuel Barot señaló recientemente que todavía estamos en ese escenario en el que no hay una lectura predominante de Marx [6], y la definición parece extremadamente adecuada. Esto conlleva otro problema: la pluralidad puede dar lugar a la coexistencia pacífica y al eclecticismo. Daniel Bensaïd ha sabido plantear la pregunta por cuál es el mínimo común denominador de la herencia de Marx que permita establecer algunos rasgos del “paradigma” o por lo menos una “comunidad de ideas” sobre la cual disputar [7]. El sociólogo Michael Burawoy presentó un panorama convincente: el marxismo constituye un programa de investigación abierto a la interpretación de nuevos fenómenos. En principio, podemos llamar “marxistas” a todos los que se reconozcan como tales y escudriñar si sus elaboraciones enriquecen o degeneran el “núcleo duro” del marxismo [8].

Refutaciones, revisiones o enriquecimientos, el estado teórico del núcleo principal de la teoría crítica de Marx está asediado desde hace tiempo. El problema es ¿cómo definir ese núcleo duro partiendo de que no hay acuerdo sobre el mismo? ¿Son las tesis que expuso Lenin en su artículo para el Diccionario Enciclopédico Granat, donde la vida militante de Marx se presenta enriquecida con una nueva lectura de la dialéctica (que lo llevaron a posponer varias veces la publicación del artículo)? [9], ¿es que Lenin, que había escrito “Las tres fuentes y partes integrantes del marxismo” todavía se preguntaba acerca del mismo?, ¿o el núcleo duro debe ser reducido a un método como fue el planteo de Lukács acerca del marxismo ortodoxo? [10], ¿al contrario, hay que comprender el marxismo como un amplio movimiento histórico, complejo en sincretismos de lo mejor de su momento, como explicó Ernest Mandel en un lindo texto? [11] ¿o es el análisis de Trotsky en 1939 del estado de las tesis sustantivas de Marx a la luz de los problemas del mundo de entreguerras y las postrimerías de la II Guerra Mundial? [12]. Más aún, ¿hay que desentrañar cada uno de los marxismos de la segunda posguerra, incluyendo el llamado marxismo occidental del siglo XX para poder dar con el “núcleo duro” a través de la “síntesis de múltiples interpretaciones”? ¿O se impone estudiar cada una de las obras, en su sucesión cronológica? O, yendo más atrás, ¿hay que estudiar los diccionarios marxistas y llegar a las 100 palabras del marxismo que armaron Michel Löwy, Gérard Duménil y Emmanuel Renault?

Probablemente una cultura marxista amplia tenga que hacer algo de todo lo mencionado anteriormente, pero hay un criterio general que puede permitir un punto de partida ante tamaña tarea. Pensar la herencia de Marx vinculando su proceso de investigación crítico del capital (una teoría dialéctica para la crítica radical de las relaciones sociales capitalistas), a la luz del análisis de los nuevos fenómenos históricos y de la lucha de clases (contrastando las interpretaciones alternativas) y buscando proponer un puente (un programa y una es-trategia) para la realización del objetivo comunista que lo inspira.

Bajo este criterio es muy útil abrir una pequeña ventana al estado de situación de los “mil marxismos” y evaluar los núcleos centrales del programa de Marx a la luz de éstos. Un programa que se enriquece a partir de innovaciones en su propio “núcleo duro” (como las que hicieron Lenin, Trotsky o Gramsci, entre otros) y que puede construir una agenda del marxismo militante a través de algunas de las controversias actuales. Como sabemos, actualmente el marxismo no está solo, compite con los denominados nuevos pensamientos críticos que cartografía Razmig Keucheyan [13]. En el campo de la historia se lo acusa de teleología, determinismo económico y necesidad histórica, aunque está demostrado hace tiempo que el marxismo se recompuso de los asaltos popperianos y la pulverización posmoderna [14]. En el campo de la teoría política se lo acusa de sociologismo, dando paso a un análisis de lo discursivo y al posmarxismo de Laclau y Moufee. Esto en un escenario político donde todas las clases y fracciones de clases sociales intervienen en un escenario marcado por crisis orgánicas de las que teorizaba Gramsci. En el campo de la historia social y la sociología aún se discuten los alcances de la noción de clase trabajadora y su relevancia para articular las luchas de los diferentes sectores sublternos [15]. En el plano de la teoría social la sociología pragmática de la crítica compite a la hora de interpretar la acción social bajo un paradigma de clase. Y este análisis de clase está a su vez cuestionado por la emergencia de otras constituciones subjetivas como las nuevas masas que la inmigración y la condición poscolonial abrió en el mundo globalizado, bajo el peso de las finanzas y un capitalismo flexible menos industrializado que antes. Por último, y por ello más importante, en la indagación de los antagonismos se lo acusa de ser indolente a las opresiones raciales y ciego a la opresión patriarcal, aunque la renovación de aportes marxistas sobre la interrelación clase/raza [16] y la complejidad de las teorías marxistas de la reproducción social defienden aspectos considerables de la crítica marxista [17].

En cada plano hay aportes marxistas significativos y sugerentes y es justamente la vinculación con la teoría crítica de Marx una parte esencial de esta riqueza. Lo que menos se renueva, o lo que ofrece menos resultados interesantes, es el plano de la unidad con la práctica política. La estrategia aún está subvaluada.

Teoría y práctica

Como señala Kouvelakis, el marxismo no es un “cuerpo doctrinal formado sub especie ae-ternitatis” (una verdad universal y eterna) [18], sino una teoría crítica (con una concepción científica sui géneris [19]) que busca unificar la teoría y la práctica en coyunturas históricas a las cuales está sometida. De ahí que uno de los elementos que conllevan a hablar de crisis de manera periódica es que el marxismo contiene unificadamente un contenido normativo y uno científico. El estado de salud de uno está ineluctablemente ligado al estado de salud del otro. ¿Cuál es el balance provisional que puede hacerse en la coyuntura? En el plano de la producción y circulación de debates marxistas asistimos a cierto revival, como es obvio; en un contexto de no-hegemonía del marxismo en el marco de las teorías contestatarias, en el que igualmente son aquellos inspirados en Marx los que más han tenido para decir de la crisis capitalista global y las encrucijadas de los movimientos de lucha. Sin embargo, es un panorama con importantes problemas. En una entrevista reciente Kouvelakis señala una desconexión entre la más amplia circulación de ideas marxistas (en un ámbito internacional ligado a redes de producción académicas o a emprendimientos comunicacionales como Jacobin y otros) y la debilidad de la producción de alternativas políticas independientes y anticapitalistas [20]. Estas últimas son internacionales por su contenido, pero todavía son muy nacionales en su forma, ya que el Estado sigue siendo el vector principal de la dominación capitalista. La confrontación con él requiere aprender cómo luchar, entrar en el dominio de la estrategia [21]. Esta desconexión amenaza con obturar la posibilidad de que los lectores que Marx esperaba, los trabajadores, accedan a sus ideas. Actualmente hay indicios de que una nueva juventud está abierta a las ideas “socialistas”, lo reflejan algunos estudios de opinión pública sobre la base de los fenómenos políticos virados a izquierda en EE. UU. y Gran Bretaña alrededor de las candidaturas de Corbin y Sanders. Pero éstos representan más un keynesianismo de izquierda que una verdadera política anticapitalista. También los neoreformismos europeos están por una gestión “de izquierda” sin ruptura con el capi-talismo, Kouvelakis mismo, que fue parte del ala izquierda del gobierno de Syriza y rompió con él luego de la aplicación de las medidas de la Troika, comparte esta ilusión [22]. Aún es necesario desarrollar un ethos militante anticapitalista a riesgo de que el mayor interés sobre Marx no esté a la altura del personaje. Para esto es bueno recordar que en la reflexión de Trotsky sobre lo aún vivo del pensamiento de Marx (mientras comparaba los alcances de las tesis empíricas de Marx y adecuaba los análisis con nuevos resultados), aparecía la preocupación por cómo emergería una nueva forma de pensar en el movimiento obrero americano. Los tiempos interesantes que emergen en un mundo de mayor crisis pueden ser un buen abono para ello.

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