Política

OPINIÓN

Macri, su país de las maravillas y el sueño eterno de un peronismo unido

Progresismo, agenda republicana y anticlericalismo. Medio millón de almas marchando. Cuando las calles marcan su impronta.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 18 de marzo | 02:13

"A veces pienso hasta en seis cosas imposibles antes del desayuno" (Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll)

La imposibilidad progresista

El 30 de marzo de 1987, Ricardo Alfonsín nombró como ministro de Trabajo a Carlos Alderete. El hombre pertenecía al riñón de la burocracia sindical más conservadora. Aquella que, apenas 3 años antes, se proclamaba enfrentar con la Ley Mucci.

El líder radical sumaba otra capitulación ante las llamadas “corporaciones”. Antes y después, otorgaría sendas leyes de impunidad a los genocidas. El régimen democrático-burgués naciente revelaba su impotencia histórica ante los “poderes reales”.

El corto ciclo alfonsinista mostró los límites de cualquier proyecto republicano-progresista. Los recurrentes intentos de reconstruir un espacio de ese tipo vienen condenados al fracaso. El “yo ya gané” de Margarita Stolbizer, además de mal eslogan de campaña, resultaba confesión de pura impotencia.

Por estas horas, el macrismo juega una carta progresista de poca y nula credibilidad. En el marco de las tensiones abiertas por el debate sobre el derecho al aborto, manda a “sus inferiores” a patear contra el arco de la Iglesia, poniendo la lupa sobre los ingresos de los clérigos.

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Pero el liberalismo del bloque de Lousteau no pasa de una modesta reducción salarial a la casta que, “administrando los asuntos de Dios”, no trabaja ni paga alquiler, expensas, comida o transporte.

En la misma semana, desde el PTS-Frente de Izquierda, se presentaba otro proyecto destinado efectivamente a terminar con el sostenimiento estatal de esa casta socialmente innecesaria.

Mientras un ala del oficialismo monta una ficción de lucha anticlerical, sus mandamases hacen una elogiosa salutación al papa Francisco en el 5° aniversario de su papado.

En esa empresa, mencionemos, no están solos. En el kirchnerismo también se esfuerzan por parecer más papistas que (Esteban) Bullrich. El elogioso recuerdo que difundió esta semana la expresidenta dice mucho del estado de situación.

La agenda macrista por el derecho al aborto y la igualdad salarial de género se reduce a un discurso bien elaborado para cubrir otras formas de violencia de género. La presión de Vidal por imponer el presentismo al gremio docente –mayoría de mujeres- o el despido de enfermeras en el Hospital Posadas, son el verdadero rostro de la “política de género” cambiemita.

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El verdadero republicanismo de Cambiemos tiene otro nombre, el de Elisa Carrió. La mujer, hace tan solo una semana, celebró el aniversario de la Resolución 125 junto a las patronales del campo. Una postal cristalina.

El peronismo, la historia y su “unidad”

“Quien conduce es Perón, o se acepta esa conducción o se está afuera del Movimiento”. (Dardo Cabo, El descamisado, 13/11/73)

La imagen de un Macri “progresista” sería imposible sin la crisis que azota al peronismo. La fuerza que fundara un teniente coronel, hace ya más de 70 años, carece de centro geográfico o político. “Fuera del Movimiento”, citando al director del periódico montonero, están todos.

Los votos peronistas en 2017, amén de menores a los de la coalición Cambiemos, se desparraman de manera desigual y caótica en territorio nacional. Para encono de varios, en esa distribución parte no menor corresponden a una expresidenta, a la que juraron “dejar atrás”.

El poder institucional tiene dueños con dispar fuerza e interés. Si algo los une –y los presiona hacia el conservadurismo- es el poder que la caja del Estado nacional ejerce sobre ellos. La “afinidad” de los gobernadores peronistas con Macri se explica, esencialmente, por razones de índole fiscal. En la semana que pasó se vio como los buenos oficios oficialistas apartaban a Sergio Uñac y Gildo Insfrán de la reunión que tuvo lugar en San Luis.

Senadores, diputados y caciques sindicales suman otras tantas tribus que mantienen sus territorios alambrados pero empujan, cada uno a su modo, en el camino de la esperada “unidad del peronismo”.

Hace casi una semana, Hugo Moyano dictaminaba que “si queremos seguir siendo leales a Perón, tenemos que trabajar por la unidad del peronismo”.

El mensaje de “unidad” legado por Perón suena, como mínimo, a broma histórica de mal gusto. En 2013, en un diálogo que tomó la forma de libro, José Pablo Feinmann le recordaba a Horacio González que

  •  …“¿la Triple A no era peronista? Rodolfo Almirón mató a Silvio Frondizi y al padre Mugica y era el custodio de Perón. Y como explicamos eso”.
  •  ¿Eso no compromete lo que fuimos?
  •  Es la característica movimientista del peronismo que creó Perón, entra de todo”.

    (Citado en Historia y pasión, Planeta, 2013)

    La historia peronista registra la unificación –siempre inestable- bajo Perón, Menem y el kirchnerismo. Si la primera pudo recrearse en 1973 temporalmente, fue solo gracias al peso histórico de la figura del viejo líder. El resto de los armados nació, directamente, al calor del poder estatal y sus recursos.

    Pero el peronismo que peleó por la “patria socialista”, a pesar de haber acatado el verticalismo del Movimiento, se estrelló contra el muro de hierro del Perón que armó las 3A y denostó “a los infiltrados”.

    La generación que protagonizó el Cordobazo y la huelga general contra el plan Rodrigo fue diezmada por la dictadura genocida. Antes del trágico desenlace, no había hallado en el ala izquierda del peronismo una herramienta útil para triunfar y derrotar al poder capitalista.

    La imposibilidad de silenciar a las calles

    “Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido”. (Jorge Luis Borges, Funes el memorioso).

    La política argentina registra los compases de la melodía que tocan las calles. Lo sabe el oficialismo que, a pesar del berrinche empresario, tuvo que archivar la reforma laboral hasta nuevo aviso. Aun hoy, a tres meses, el recuerdo del último diciembre donde 100.000 personas marcharon contra la reforma previsional, late en el cerebro de la coalición gobernante.

    Lo sabe también el peronismo. Hace escasas horas, un oportunista Daniel Scioli decidió pasar al campo de quienes aceptarían la despenalización del aborto. El hombre que en campaña hablaba de “defender la vida” tomó nota del masivo reclamo en las calles que tuvo lugar el 8M.

    La historia nacional está marcada a fuego por el protagonismo de multitudes en las calles. Una contabilidad informal sumaría, desde el pasado 21F, cerca de medio millón de personas marchando solo en las calles de la CABA. A ellas habría que agregar –aunque en diversos casos sean las mismas- quienes se movilizaron contra despidos y cierres. En el país de las maravillas macrista (su país) la vida lejos está de fluir solo por los “canales institucionales” de la república. La calle emite sus propios dictámenes.

    En los tiempos actuales, la fracción menos conservadora del peronismo busca canalizar la protesta callejera hacia la vía electoral. Al “Hay 2019” lanzado como consigna se lo podría contestar con un “también hay 2018 y se puede pelear”.

    En el terreno sindical, la cautela de la dirigencia sindical moyanista y kirchnerista desnuda la voluntad política de impedir una dinámica que aproveche la debilidad del gobierno. La actuación de esas conducciones desperdicia la fuerza social que se vio en escena en diciembre pasado y se recrea en cada movilización masiva. La exigencia de la izquierda y el sindicalismo combativo de caminar hacia un paro nacional iba en el sentido de hacer pesar ese poder.

    Esa potencialidad social de las calles y las movilizaciones no puede ser conducida por el peronismo más que hacia el callejón de un recambio electoral en 2019. Un peronismo reciclado, al decir de Nicolás “estamos al aire” Massot.

    Se trataría de un retorno hacia el pasado. Hacia la gestión estatal de una fuerza política que demostró hace tiempo su incapacidad de dar solución duradera a los padecimientos de las grandes masas. Su última experiencia, el ciclo kirchnerista, dejó una herencia de 30 % de pobreza y un tercio de trabajo en negro. Un horizonte demasiado estrecho para las fuerzas sociales que hay en movimiento.







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