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Buenos Aires: el macrismo y las Policías

Una nueva marcha contra la “inseguridad”, la impunidad y la injusticia. El otro lado del discurso punitivista. Las internas policiales de la gran industria del delito.

Fernando Rosso

@RossoFer

Martes 11 de octubre de 2016 | 10:50

Este martes se desarrollará en Buenos Aires una movilización que unifica difusamente reclamos contra la llamada “inseguridad”, la impunidad y la injusticia.

Allí se aglutinarán víctimas de delitos urbanos comunes, de violencia estatal o de crímenes sociales (como la conocida Masacre de Once).

Semanas atrás, frente a distintos casos de violencia social, el Gobierno estimuló la agenda de la llamada “inseguridad”, ante la falta de noticias positivas de su plan económico y político.

La repercusión que está tomando la movilización pretende transformarla en un movimiento semejante (aunque con diferencias) al que encabezó Juan Carlos Blumberg en el año 2004, ante el asesinato de su hijo y que terminó en la concesión de leyes “manoduristas” por parte del entonces presidente Néstor Kirchner.

Frente a este escenario, el Gobierno de Mauricio Macri se vio obligado a tomar medidas que aparenten encarar la cuestión: decidió volver a enviar efectivos de Gendarmería a la provincia de Buenos Aires y la administración porteña anunció la fusión de la Policía Federal y la Metropolitana en la Ciudad de Buenos Aires.

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Centinelas del delito

En este terreno, el macrismo no parece muy creativo. La expresidenta, Cristina Fernández, también envío gendarmes al Conurbano bonaerense en diciembre de 2010, movimiento que repitió en mayo del 2013. Los resultados son conocidos por todos y todas.

"Está bien enviar gendarmes al Conurbano, pero es una medida de corto plazo", afirmaba en aquél entonces, la diputada nacional Patricia Bullrich.

La ahora ministra de Seguridad debió anunciar días atrás -por orden del mismo Macri- el envío de más de seis mil gendarmes (junto a otros tantos federales y prefectos) al gran Buenos Aires, la región caliente donde mandan los “pata negra”, apodo con el que se conoce en la jerga a la Policía Bonaerense.

Si algo muestran los datos duros de la provincia no es precisamente la escases de uniformados.

La Bonaerense es una multitudinaria fuerza de seguridad que cuenta con casi 90.000 efectivos. En el territorio de la provincia hay un policía por cada 185 habitantes. “Una tasa desmesurada si se la compara, por ejemplo, con la de la policía de Nueva York -tan elogiada por los políticos autóctonos a la hora de reclamar mano dura- que sólo tiene un uniformado cada 561 ciudadanos. Si se quiere una medida más cercana, en Río de Janeiro hay un policía cada 355 habitantes, mientras que en San Pablo la tasa baja a uno cada 488.”, afirma el periodista Daniel Cecchini (Revista Zoom, 6/10).

La fuerza pasó de tener 45 mil efectivos en 1997 (1 cada 297 habitantes) a 55 mil en 2011 (1 cada 289) y a 82 mil en 2014 (1 cada 201). Cuando el entonces gobernador bonaerense Daniel Scioli incorporó a casi 10 mil nuevos agentes en 2015 para la estrategia de saturación de las calles, la megafuerza dio su último gran salto.

El movimiento actual que realiza el macrismo con el envío de efectivos de otras fuerzas, demuestra su carácter estético y de marketing, si se conocen los pactos continuistas con el aparato y la conducción de la Bonaerense.

El ministro de Seguridad provincial, Christian Ritondo, acordó con Alejandro Granados, su antecesor en el cargo, la continuidad de las cúpulas. El nuevo jefe, Pablo Bressi, “quien maneja el narcotráfico en la provincia”, según denunció Elisa Carrió, fue la consecuencia institucional de esta concordancia.

Por estas horas, María Eugenia Vidal acompañó el envío de fuerzas federales con otra medida de alto impacto mediático y dudoso resultado práctico: trasladó las funciones de la Superintendencia de Coordinación Administrativa a un responsable civil.

“Hace unos años le pregunté al criminólogo italiano Franco Basaglia por qué la mafia no había podido hacer pie en la provincia de Buenos Aires –le contó un experimentado funcionario al periodista antes citado-. La respuesta que me dio fue contundente: ‘Porque las actividades típicas de la mafia están en manos de la policía; entonces la policía no necesita negociar con la mafia, simplemente no le permite ocupar su lugar’”.

Efectivamente, la gerenciadora por excelencia de la industria del gran delito en la provincia (y en esto no se diferencia mucho de las otras policías) es la Bonaerense.

Sin su complicidad o consentimiento es imposible el desarrollo del pequeño delito. La Bonaerense es un experimento mafioso a cielo abierto.

La táctica del Gobierno nacional es enviar a otras fuerzas uniformadas (y armadas): el resultado será poner a la población al amparo de aparatos que generalmente arreglan sus cuentas con los métodos propios a su naturaleza.

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Bronca entre los “federicos”

Mientras tanto, en la Ciudad de Buenos aires se anunciaba la creación de la Policía de la Ciudad que estará conformada por 25 mil efectivos de los cuales alrededor de 19 mil provienen de la Federal, entre policías y bomberos.

La comandarán Guillermo Calviño –jefe del sector de la Federal asimilado a la Ciudad–, quien días atrás fue abucheado por unos 600 agentes federales cuando les comunicaba el traspaso (el video puede verse aquí) y por Horacio Giménez, actual jefe de la Metropolitana quien “registra hitos curriculares tan interesantes como ‘comisiones’ en Tucumán entre 1975 y 1976, durante el ‘Operativo Independencia’ y su participación en la memorable razzia ‘antisubversiva’ contra los obreros metalúrgicos de Villa Constitución”, según reveló el periodista Ricardo Ragendorfer (Nuestras Voces, 8/10).

Ragendorfer cuenta, además, que Calviño está imputado por encubrimiento en el “freno” del allanamiento a una financiera y por “proteger” a subordinados que habrían plantado droga a dos motociclistas con fines extorsivos. Y hasta la ministra Bullrich lo denunció recientemente por facilitar la fuga de un barra boquense, Maximiliano “Mey” Oetinger, quien se habría esfumado de un paraavalanchas de la Bombonera, mientras iba por él una brigada de la División Antisecuestros.

Horacio Rodríguez Larreta lo mantendrá en el flamante cargo con la misma convicción que María Eugenia Vidal sostuvo a Bressi al frente de la Policía de la provincia. Luego de una simpática cena con la gobernadora, Carrió se olvidó del narcotráfico bonaerense y pasó a otro tema. Siempre en nombre la república, obvio.

El reordenamiento de la nueva fuerza porteña (y el re-reparto de negocios) no parece que vaya a ser un diálogo de carmelitas descalzas (aunque monjas y conventos no gocen de la mejor imagen en estos tiempos). “Esto es un re-adelanto” dice entusiasmado uno de los federales en el minuto 1:05 del video, ante los aplausos y abucheos de sus camaradas frente a Calviño, mientras una voz responde: “Está bien, boludo”. Era sólo un (re) adelanto. Los flamantes “carteros”, como los bautizaron tempranamente en el submundo policial por el uniforme que usarán, similar a los empleados de OCA, ya empezarán a jugar sus cartas.

En la región urbana de mayor densidad poblacional del país, el área metropolitana de Buenos Aires, el macrismo empuja movimientos de marketing político que desatan internas que sólo multiplican los hechos delictivos, la violencia social y estatal; en el marco de un ajuste económico que sigue su curso. Un círculo vicioso perfecto.

Muchos de los que se movilizarán este martes deberían conocer el lado B del relato securitario (al que no todos adhieren), para apuntar sus demandas hacia los eslabones fuertes de la cadena del delito y no hacia los más vulnerables, donde recae la estigmatización mediática interesada y se convierten en chivos expiatorios para el aumento del punitivismo. La responsabilidad no está en las víctimas de un sistema putrefacto, sino en la descomposición estatal.

Porque en este vidrioso terreno, como en otros tantos, Cambiemos no cambió nada, propone más y peor de lo mismo.




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